Controversia en torno a la orientación sexual

Recientemente, el Lector de WordPress me sugirió la entrada 500 estudios científicos (Aramo, 2016) como relacionada con Mi investigación favorita sobre asexualidad. No debe de hilar muy fino el algoritmo que busca las sugerencias, porque sólo la primera frase de esa entrada ya indica que hay disparidad con mi blog: “Una revisión sobre 500 estudios científicos refuta todos los postulados de la ideología de género.” Se refiere a la revisión de Mayer y McHugh (2016) y afirma alegremente que refuta “todos los postulados” de la supuesta y mal definida “ideología de género”. El segundo párrafo vuelve a la carga con que “las conclusiones del estudio son demoledoras para la ideología de género” porque, sigue Aramo (2016), “no hay pruebas científicas de una base biológica de la homosexualidad ni de su invariabilidad, tampoco las hay de que el estrés social (por discriminación o estigmatización) sea la causa principal de que la población homosexual y transgénero tenga un mayor riesgo de problemas de salud mental e índices de suicidio”. Sin despeinarse, Aramo (2016) ya sustituye la refutación por la falta de pruebas, que es lo que en realidad afirman Mayer y McHugh (2016), pero que ya no destruye los postulados de ninguna ideología, real o supuesta. Aparte de falsear descaramente los resultados de Mayer y McHugh (2016), confundiendo deliberadamente refutación con falta de pruebas, está utilizando la falacia ad ignorantiam.

Sobre la distinción entre refutación y falta de pruebas ya he escrito en Refutado =/= no demostrado, así que me centraré en lo que dicen Mayer y McHugh (2016) y no en lo que los fóbicos quieren leer y hacer creer que dicen, no sin antes mencionar una falacia similar en la que incurren los defensores de la llamadas terapia de reorientación sexual. Para que estas terapias funcionen es condición necesaria que la orientación sexual pueda variar. Lo que Mayer y McHugh (2016) dicen encontrar probado es que la orientación sexual fluye, lo cual concuerda con la experiencia de la comunidad, pero no dan el salto lógico de confundir una condición necesaria con una suficiente, cosa que sí hacen los fóbicos.

En general, las conclusiones de Mayer y McHugh (2016) son que la evidencia científica es insuficiente para llegar a determinados postulados básicos del discurso LGBT clásico, algunos de los cuales las nuevas generaciones LGBT rechazan, como la invariabilidad de la orientación sexual. No sólo no incurren en la falacia de hacer creer que han refutado algo, sino que piden explícitamente más investigación al respecto. No me extenderé con las conclusiones de Mayer y McHugh (2016), pues la propia revista tiene disponible una traducción al español de todo el informe, incluyendo un buen resumen. Pasaré ahora a valorar las críticas. Por ejemplo, una crítica publicada en el Huffington Post (Tannehill, 2017) empieza con la falacia ad hominem para luego pasar ya a criticar lo que Mayer y McHugh (2016) dicen por sí mismo. Más crédito merece una crítica publicada en Scientific American (Shermer, 2016), la cual hace un uso más razonable del argumento ad hominem y propone una revisión alternativa de la literatura (Bailey et al., 2016) cuyo tema de estudio coincide con la primera parte de Mayer y McHugh (2016). Ambas revisiones fueron publicadas con escasa diferencia de tiempo, por lo que es normal que no se citen una a la otra.

El tratamiento de la orientación sexual de Bailey et al. (2016) es más razonable que el de Mayer y McHugh (2016) pues, al tener Bailey a Lisa Diamond como coautora, no se confunde la atracción sexual y la romántica, pero de todas maneras ambos trabajos ignoran la asexualidad, lo que los deja bastante cojos. De todas maneras, a pesar de este fallo, me parece recomendable la lectura de Bailey et al. (2016), aunque es necesario leer inglés. Este artículo revisa las evidencias a favor y en contra de los argumentos clásicos de predisposición a la homo/bisexualidad, pero hay un argumento que no conocía. Se trata de los niños que, bien por accidentes quirúrgicos bien por malformaciones en el pene, eran operados y reasignados a niñas. Es conocido el caso de John Money que trató uno de esos casos vendiéndolo como un éxito y una prueba de que el género es totalmente aprendido, pero la verdad fue el sujeto que se sentía masculino, a los 15 años reasignó quirúrgicamente como chico y finalmente contó su historia para evitar que se siguiera amparando estos tratamientos. La tabla 3 de Bailey et al. (2016) revisa 7 casos de estas características, de los cuales 6 se identificaron posteriormente como varones y su orientación sexual era hacia las mujeres. Sólo en uno de los 7 casos se mantuvo la identidad femenina, pero incluso también ahí la orientación sexual era “predominantemente” hacia las mujeres. Estos datos indican que la orientación sexual se mantuvo independiente de la feminización hormonal y social que sufrieron estos chicos.

A diferencia de Mayer y McHugh (2016), que, ante la supuesta causa de homosexualidad por abuso durante la infancia o por reclutamiento, sueltan datos pero se mantienen vagos en las conclusiones, dando lugar a que los fóbicos lo utilicen falazmente como hechos probados, Bailey et al. (2016) consideran que el argumento ad hominem no debe excluir estas hipótesis de su tratamiento científico, revisan los datos al respecto y utilizan la navaja de Occam para dejar esas hipótesis en su lugar: no probadas ni refutadas, pero poco plausibles por ser los hechos mejor explicados de otra manera.

En el mismo número de la misma revista que Bailey et al. (2016) hay publicada una respuesta (Savin-Williams, 2016) que incide en la conceptualización de la orientación sexual como algo continuo en lugar de categorías discretas. Como también distingue la atracción sexual de la romántica, en una nota cita una escala tipo Kinsey para medir la orientación romántica (Morandini et al., 2015), pero presentada en un póster que no he sido capaz de encontrar. Seguramente la investigación está en curso y la publicarán próximamente. Lo único es que me parece un error de principio considerarla unidimensional cuando la orientación sexual se mide mejor bidimensionalmente con un cuadrado tipo Storms, pero algo es algo.

Bibliografía:

  • Aramo, 2016. 500 estudios científicos. Blog de aplicaciones, 19 oct. 2016. Recuperado de autoforma.org el 26 ago. 2017.
  • J. Michael Bailey, Paul L. Vasey, Lisa M. Diamond, S. Marc Breedlove, Eric Vilain, Marc Epprecht, 2016. Sexual Orientation, Controversy, and Science. Psychological Science in the Public Interest, vol. 17, nº 2, pp. 45-101. Disponible en SAGE journals.
  • Lawrence S. Mayer, Paul R. McHugh, 2016. Sexuality and Gender: Findings from the Biological, Psychological, and Social Sciences. The New Atlantis, nº 50, pp. 4-143. Disponible en The New Atlantis.
  • J. S. Morandini, A. Blaszczynski, I. Dar-Nimrod, F. K. Barlow, 2015. Sexual vs. romantic orientation in gay/bisexual men: Developmental trajectories, discordance, and implications for adjustment. Poster presented at the annual meeting of International Academy of Sex Research, Toronto, Canada. Cita obtenida de Savin-Williams (2016).
  • Ritch C. Savin-Williams, 2016. Sexual Orientation: Categories or Continuum? Commentary on Bailey et al. (2016). Psychological Science in the Public Interest, vol. 17, nº 2, pp. 37–44. Disponible en SAGE journals.
  • Michael Shermer, 2016. Beware Bogus Theories of Sexual Orientation. Scientific American, 1 dic. 2016. Recuperado de Scientific American.
  • Brynn Tannehill, 2017. Debunking the New Atlantis Article On Sexuality And Gender. The Huffington Post, 24 mar. 2017, US edition. Recuperado del Huffington Post.
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