¿En serio hay un 39,6% de LGBAfobia en la juventud?

2 julio 2018

Recientemente me pasaron la noticia Un 39,6% de los jóvenes españoles rechaza las orientaciones sexuales que no sean la ‘hetero’ alarmados por el casi 40% de jóvenes intolerantes con la diversidad sexual. Curiosamente, el estudio que citan (Barómetro Juventud y Género 2017 del Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud) parece seguir el modelo de Storms: heterosexualidad, homosexualidad, bisexualidad y asexualidad. Es de agradecer que este estudio deje de ignorar la asexualidad y la trate como una cuarta orientación sexual, replicando de paso el famoso 1% de Bogaert. Este barómetro de 2017 encuentra un 0,9% de asexualidad entre los jóvenes, aunque con un importante 2,2% de ns/nc que puede ocultar muchos asexuales en la ignorancia.

El estudio del Centro Reina Sofía encuentra un 3,6% de rechazo de la heterosexualidad, un 11,4% de la homosexualidad, un 13,8% de la bisexualidad y un 14,4% de la asexualidad. Resulta preocupante que la asexualidad sea la orientación sexual más rechazada. Es también reseñable que, aunque el perfil del homófobo, del bifóbico y del asexfóbico es similar en la muestra del estudio, mientras que la homofobia y la bifobia vienen predominantemente de varones heterosexuales, el rechazo a la asexualidad parece venir de varones de toda orientación sexual. Habría que ver si esto incluye a los propios asexuales.


Aunque es plausible y esperable que los porcentajes de diversofobia se solapen, en especial los de homofobia y bifobia, no hay en el informe ningún dato sobre las intersecciones del rechazo a las diferentes orientaciones sexuales. Esto seguramente habrá llevado a los periodistas a sumar directamente las cifras de homofobia, bifobia y asexfobia para dar un resultado global de 39,6% de LGBAfobia, ignorando que con ello suponen que no hay solapamientos. Por tanto, yo no me preocuparía por ese casi 40% de presunta diversofobia, ya que seguramente es bastante menor, pero sí de los porcentajes de rechazo de cada una de las orientaciones sexuales, en especial del abultado porcentaje de asexfobia.

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Sobre la (in)definición de atracción sexual

19 septiembre 2017

Como discutí en una entrada anterior, mi búsqueda de un definición comúnmente aceptada del concepto de atracción sexual resultó infructuosa, pues parece ser que nadie en la amplia literatura al respecto se molesta en definirlo, utilizando vagas nociones comunes en su lugar. Este concepto es clave para definir la orientación sexual y la asexualidad. Una autora que dedica unas palabras a esta indefinición es Diamond (2008, p. 126, trad. propia):

El problema de tratar de definir qué es la atracción sexual es que los investigadores saben muy poco acerca de cómo los individuos experimentan sentimientos sexuales. Aunque nos tomamos el trabajo de evaluar la frecuencia de la atracción homosexual frente a la heterosexual, el equilibrio relativa entre ambas, la edad a la que surgieron por primera vez, etcétera, rara vez nos paramos a preguntar qué quiere decir un encuestado en particular con la palabra “atracción” y qué tipo de pensamientos subjetivos y sentimientos van empaquetados en esta experiencia. En su lugar, asumimos que todos definen y experimentan la atracción sexual de la misma manera.

Cuando Diamond emprendió el trabajo de abordar esta cuestión en sus encuestas, se encontró con “un amplio rango de respuestas completamente incomparables unas con otras” (Diamond, 2008, p. 127, trad. propia). Ante este hecho, concluye Hinderliter (2009, trad. propia):

En la práctica, esto significa que asumir simplemente que todos los participantes entienden que la atracción sexual significa la misma cosa dé lugar probablemente a datos en los que no se pueda confiar, aunque este problema no se limita al estudio de la asexualidad.

Así pues, para intentar arrojar luz sobre el concepto de atracción sexual, acudiré al trabajo de dos autoras que lo han delimitado frente a otros conceptos similares: Fisher (1998) y Diamond (2003).

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Sobre la definición de orientación sexual (Segunda parte)

14 septiembre 2017

En la anterior entrada discutí la siguiente definición de orientación sexual de la American Psychological Association (2012):

La orientación sexual se refiere a un patrón perdurable de atracciones emocionales, románticas y/o sexuales hacia hombres, mujeres o ambos sexos. La orientación sexual también se refiere al sentido de identidad de cada persona basada en dichas atracciones, las conductas relacionadas y la pertenencia a una comunidad de otros que comparten esas atracciones.

En esa entrada descartamos la coletilla que añade la identidad, la conducta y la comunidad, cosas claramente distintas, así como las atracciones emocional y romántica, que son independientes de la sexual, quedándonos con la definición de Bailey et al. (2016):

La orientación sexual se refiere a la atracción sexual relativa hacia varones, mujeres o ambos.

Esta definición es ya más concreta, suponiendo bien definida la atracción sexual, pero sigue presentando problemas. Por ejemplo, tal como está definida y aunque se suponga lo contrario, no todo el mundo tendría una orientación sexual. No sólo tenemos a la gente cuya atracción sexual está dirigida exclusivamente a objetos que la clasificarían como parafilia, sino que también está la gente que no experimenta atracción sexual, es decir, los asexuales. Se les puede dejar fuera de la escala, como hizo Kinsey, pero hay que considerarlos porque existen y, aunque son pocos en comparación con la población heterosexual, no lo son en comparación con la población homo o bisexual.

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Sobre la definición de orientación sexual (Primera parte)

9 septiembre 2017

En una entrada reciente traté sobre una controversia en torno a las causa de la orientación sexual. Una de las armas arrojadizas en dicha controversia era la definición de orientación sexual, que los críticos consideraban fijada por consenso por la American Psychological Association. Los autores de las revisiones (Mayer, McHugh, 2016; Bailey et al., 2016) no estaban tan de acuerdo por diferentes razones. Empecemos repasando la definición de orientación sexual de la American Psychological Association (2012):

La orientación sexual se refiere a un patrón perdurable de atracciones emocionales, románticas y/o sexuales hacia hombres, mujeres o ambos sexos. La orientación sexual también se refiere al sentido de identidad de cada persona basada en dichas atracciones, las conductas relacionadas y la pertenencia a una comunidad de otros que comparten esas atracciones.

Esta definición mezcla churras con merinas, como detallaré en esta entrada. En un primer análisis, mezcla la atracción, que desglosaré más adelante, con la identidad, la conducta y la comunidad, cosas claramente distintas y que pueden llevar a dar valores diferentes para la orientación según el que se tome.

La voluntad tiene como consecuencia que la atracción no lleve necesariamente al comportamiento y que el comportamiento no siempre está motivado por la atracción. La identidad es también voluntaria y puede contradecir la atracción o el comportamiento por diversas razones psicológicas o sociales. Incluso la pertenencia a una comunidad es independiente de la identidad, pues uno se puede identificar solamente a nivel personal y, por ejemplo, sentirse excluido de la comunidad correspondiente, o sentirse parte parte de la comunidad como aliado.

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Controversia en torno a la orientación sexual

5 septiembre 2017

Recientemente, el Lector de WordPress me sugirió la entrada 500 estudios científicos (Aramo, 2016) como relacionada con Mi investigación favorita sobre asexualidad. No debe de hilar muy fino el algoritmo que busca las sugerencias, porque sólo la primera frase de esa entrada ya indica que hay disparidad con mi blog: “Una revisión sobre 500 estudios científicos refuta todos los postulados de la ideología de género.” Se refiere a la revisión de Mayer y McHugh (2016) y afirma alegremente que refuta “todos los postulados” de la supuesta y mal definida “ideología de género”. El segundo párrafo vuelve a la carga con que “las conclusiones del estudio son demoledoras para la ideología de género” porque, sigue Aramo (2016), “no hay pruebas científicas de una base biológica de la homosexualidad ni de su invariabilidad, tampoco las hay de que el estrés social (por discriminación o estigmatización) sea la causa principal de que la población homosexual y transgénero tenga un mayor riesgo de problemas de salud mental e índices de suicidio”. Sin despeinarse, Aramo (2016) ya sustituye la refutación por la falta de pruebas, que es lo que en realidad afirman Mayer y McHugh (2016), pero que ya no destruye los postulados de ninguna ideología, real o supuesta. Aparte de falsear descaramente los resultados de Mayer y McHugh (2016), confundiendo deliberadamente refutación con falta de pruebas, está utilizando la falacia ad ignorantiam.

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¿Son los asexuales mayoritariamente negros?

30 agosto 2017

Creía que el tipo de falacias en las que incurría la prensa al hablar de asexualidad eran del tipo descrito en Refutado =/= no demostrado, como la falacia ad ignorantiam, basadas en confundir dos conceptos similares pero diferentes. Hoy me ha sorprendido un reportaje publicado el lunes (Martínez, 2017) que, citando a Bogaert (2004), afirma lo siguiente:

Los asexuales eran de mayor edad que el resto, con más probabilidad de ser mujeres que hombres, más pobres, mayoría de raza negra y con una escasa educación.

Si bien es cierto que Bogaert (2004) obtiene una media de edad superior para los asexuales y similares resultados promedios en pobreza y educación, así como un escaso 30% de varones frente 43% de los que completaron la encuesta, la afirmación de que la mayoría de los asexuales sean de raza negra está completamente infundada en los datos de este trabajo. Aunque los datos de edad y educación han sido superados por estudios posteriores (Greaves et al., 2017) y la desproporción de mujeres confirmada en este mismo trabajo, que distingue el sexo del género, en esta entrada me centraré en el dato racial.

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Refutado =/= no demostrado

26 agosto 2017

English version

En una entrada reciente mencioné la falacia ad ignorantiam, que se basa en la confusión entre refutado y no demostrado. Paso a explicar los conceptos. Un enunciado está demostrado si se encuentra una demostración del mismo de acuerdo de acuerdo con los niveles de exigencia de la disciplina correspondiente. Un enunciado es refutado si se encuentra una demostración de su negación. En ambos casos implica demostrar algo, signifique lo que signifique en la correspondiente disciplina. En el caso de la refutación, también está involucrada la negación propia del enunciado, evitando falsas dicotomías. Cuando un enunciado no está ni demostrado ni refutado, permanece no demostrado. Los enunciados no demostrados están en una especie de limbo, donde se mantienen hasta que son demostrados o refutados.

Cada disciplina tiene sus propios niveles de exigencia para la demostración y, en el caso de las experimentales, un enunciado ya demostrado puede volver al estado de no demostrado, o incluso ser refutado, si se reúnen suficientes pruebas en contra. En el caso de ser incapaces de refutar un enunciado, puede ocurrir que el investigador pueda demostrar que las pruebas disponibles no pueden demostrarlo ni refutarlo, trayéndolo de vuelta al estado de no demostrado. Estos dos escenarios deberían ser claramente diferenciados, ya que refutar un enunciado previamente demostrado es mucho más fuerte que simplemente demostrar que las pruebas son demasiado débiles para demostrarlo, y las implicaciones son diferentes. La falacia ad ignorantiam consiste en confundirlos deliberadamente, considerando una demostración del segundo tipo como si fuera del primer tipo, concluyendo pues refutado el enunciado del oponente.